Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--Probemos --repuso el capitán.
Cuando el caballo sintió el doble peso, vaciló: mas se repuso y anduvo por algunos minutos, luego cayó
junto al caballo negro.
--El destino quiere que vayamos a pie; magnífico pase, --dijo Fouquet apoyándose en el brazo de D'Ar-
tagnan.
--Mal día para mí, ¡Voto a mil bombas! --exclamó el mosquetero con la mirada fija, frunciendo el ceño
y el corazón triste.
Lentamente hicieron Fouquet y D'Artagnan las cuatro leguas que les separaba del bosque, tras el cual les
esperaba la carroza con una escolta. Al ver Fouquet la siniestra máquina, se volvió hacia D'Artagnan, que
avergonzado por Luis XIV bajó los ojos, y dijo:
--Poco generoso es el hombre que ha concebido la idea, señor de D'Artagnan, y ese hombre no sois vos.
¿Para qué ese enrejado?
--Para impediros que arrojéis por la ventanilla algún escrito.
--Es ingenioso.
--Pero, si no escribir, podéis hablar.
--¿Con vos?
--Si os place.
Fouquet se quedó pensativo, y después dijo, mirando cara a cara al capitán.
--Una sola palabra; ¿la retendréis?
--Sí, monseñor.
--¿La trasmitiréis a quien yo quiero?
--La trasmitiré.
--”San Mandé”, --dijo en voz baja fouquet.
--Está bien. ¿Y a quién tengo que transmitirla?
--A la señora de Belliere o a Pelissón.
--Lo haré.
La carroza atravesó Nantes y tomó el camino de Angers.
EN EL CUAL LA ARDILLA CAE Y LA CULEBRA VUELA

Eran las dos de la tarde, y el rey, inquieto, iba y venía de su gabinete a la azotea, abriendo de vez en
cuando la puerta del corredor para ver lo que hacían sus secretarios.
Colbert, sentado en el mismo sitio en que Sain-Aignán pasó tanto tiempo por la mañana, estaba conver-
sando en voz baja con Brienne. Luis XIV abrió de pronto la puerta y les preguntó:
--¿De qué estáis hablando?
--De la primera sesión de los estados. --respondió Brienne levantándose.
--Está bien, --repuso el monarca entrando otra vez.
Cinco minutos después la campanilla llamó a rose, por ser ya la hora de despacho.
--¿Habéis acabado vuestras copias? --preguntó el rey.
--Aun no, Sire.
--Ved si ha regresado el señor de D'Artagnan.
--Todavía no.
--¡Es extraño! --murmuró el rey. --Llamad al señor Colbert.
Colbert entró.
--Señor Colbert, --dijo el rey con viveza, --sería del caso indagar qué ha sido del señor de D'Artagnan.
--¿Y dónde quiere Vuestra Majestad que se le busque? --repuso con toda calma el intendente.
--¿No sabéis adónde le he enviado? --replicó con aspereza el monarca.
--Vuestra Majestad no me lo ha dicho.
--Hay cosas que se adivinan, y sobre todo vos las adivináis.
--Yo puedo suponer, pero me está vedado adivinar del todo.
Apenas Colbert dijo esto, una voz más ruda que la del rey interrumpió la conversación empezada entre el
monarca y el intendente.
--¡D'Artagnan! --exclamó Luis XIV lleno de alegría.
--Sire, --preguntó el mosquetero, pálido y de pésimo humor, --¿ha sido Vuestra Majestad quien ha da-
do órdenes a mis mosqueteros?
--¿Qué órdenes? --preguntó el rey.
--Respecto de la casa del señor Fouquet.
--No. --contestó Luis.
--¡Ah! --repuso D Artagnan royéndose el bigote. Y señalando a Colbert, añadió: --No me engañé, es
ese caballero.
--¿Qué orden? Vamos a ver, --dijo el monarca.
--La de revolver toda la casa, apalear a los criados y empleados del señor de Fouquet, fracturar los cajo-
nes, en una palabra, saquear una morada tranquila. Eso es una salvajada, ¡voto al diablo!
--¡Caballero!... --repuso colbert intensamente pálido. --Señor Colbert, --atajó D'Artagnan, --sólo el
rey tiene el derecho de mandar a mis mosqueteros. A vos os lo vedo, y ante Su Majestad os lo digo. ¿Os
habéis figurado que un caballero que ciñe espada es un bergante que lleva la pluma a la oreja?
--¡D'Artagnan! ¡D'Artagnan! --exclamó el rey.
--No puede darse mayor humillación. --prosiguió el mosquetero; --mis soldados están deshonrados, yo
no mando retires o escribientes de la intendencia.
--Pero vamos a ver ¿que pasa? --dijo con voz de autoridad el monarca.
--Pasa, Sire, que este caballero, que no puede haber adivinado las órdenes de Vuestra Majestad, y por lo


 

 
 

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